La primera música fueron los pájaros
Antes de conocer el oficio, la disposición de sonidos brotaba de manera natural en la imaginación de Kaija Saariaho. Las texturas de la nieve, el aleteo de pájaros y ramas y el silencio diáfano a orillas del lago, encontraron su particular encaje con cualquier música retransmitida por radio, medio por el que, de niña, accedió e integró el repertorio clásico. Estos primeros estímulos constituyen su primera “paleta acústica” y configuran una sensibilidad temprana hacia el sonido como experiencia material: aprehender su entorno se trenzará, posteriormente, con el aprendizaje de la composición.
Su fuerte determinación por emprender una carrera como compositora, le condujo a la clase de Paavo Heinenen en la Academia Sibelius, a los cursos de Darmstadt y el IRCAM en París, donde asentó su residencia y pudo analizar científicamente aquello que inicialmente era intuición: cómo se transforma el sonido.
Tras concluir su ópera L’amour de loin (2000), obra que aborda cuestiones de gran carga simbólica como la idealización, el deseo o la perseverancia amorosa, Saariaho repliega su escritura en Sept papillons (2000). Estas siete miniaturas para violonchelo exploran lo efímero mediante gestos breves e inestables: cambios súbitos de presión del arco, trinos y armónicos que evocan el aleteo frágil e imprevisible de una mariposa. En Cálices (2008), estrenada en la Sala Argenta del Palacio de Festivales de Cantabria como parte del proyecto Música para una Escuela – programa de encargos realizados a diversos compositores por Paloma O’Shea para la Escuela Reina Sofía -, la atmósfera se transforma a través de contrastes tímbricos y expresivos a lo largo de tres movimientos. Aquí, el virtuosismo se aleja de lo exhibicionista y se orienta hacia lo sutil y sensible.
Esta apertura a lo caprichoso de la imaginación se manifiesta también en la Fantasía en sol menor (1829) de Fanny Hensel. Alejada de la rigidez de la forma sonata, la obra adopta un carácter rapsódico, articulado en secciones contrapuestas que alternan el lirismo cantábile con impulsos de brillo virtuoso. No obstante, es en el Lied donde Hensel ejerce su imaginación con mayor libertad. En los Cuatro Lieder op. 8, publicados póstumamente en 1850, el piano asume la función expresiva y poética de la voz, construyendo un discurso autónomo sin apoyo textual.
En 1846, un año antes de su muerte, Hensel decidió publicar por primera vez obras bajo su propio nombre, afirmando su identidad profesional pese a las reservas de su hermano, Felix Mendelssohn. Este gesto culmina un proceso iniciado en la década de 1840, en el que la compositora trasciende las formas breves asociadas al decoro femenino y aborda géneros de gran escala, como la Sonata para piano en sol menor o el Trío con piano op. 11.
Ese mismo año nacía en Rastatt Luise Adolpha Le Beau. Respaldada por su familia y por figuras como Hans von Bülow y Joseph Rheinberger, concibió la composición como el eje central de su vida profesional. Su catálogo, dominado por grandes formas —óperas, obras sinfónicas, corales y abundante música de cámara—, refleja un sólido dominio estructural. La Sonata para violonchelo y piano (1883), de clara filiación beethoveniana y mendelssohniana, se distingue por su complejidad y exigencia técnica, alejándose deliberadamente de la música de salón para afirmarse dentro del canon académico.
La crítica contemporánea calificó su música de “masculina”, un término que legitimaba su validez artística al tiempo que evidenciaba la persistente brecha de género. Así, la obra de Le Beau se erige como un caso paradigmático de las tensiones entre canon, expectativas estéticas y creación femenina en el siglo XIX.